
—¿Qué quieres que sea tu hijo de mayor?
—¡Que sea feliz, por supuesto!
Hoy día es raro escuchar otra respuesta. Algo del tipo:
“qué sea íntegro, o justo, o generoso, o trabajador…”
parece que ya no cotiza tanto.
La felicidad se instaló hace tiempo como objetivo vital por excelencia y se impone sobre cualquier otro. Y cuando algo se convierte en un único objetivo, se convierte también en obligación.
Parece que se ha impuesto aumentar la cuota de personas autorrealizadas que pueblan el planeta.
La felicidad como objetivo obligatorio
Dice R. May, en “El hombre en busca de sí mismo”, que el hombre contemporáneo vive una época marcada por la soledad, el vacío y la ansiedad. Dicho así, suena terrible. Y es posible que algo de terrible tenga, aunque tampoco vamos a deprimirnos por ello (o sí, que cada cual reaccione como sepa o pueda).
Religión, tradición, educación, todo lo que antes sostenía un sentido ha ido perdiendo peso, y eso nos deja frente a un vacío. Y como la sensación es incómoda, cada uno se las arregla como puede: quien acumula objetos que prometen la felicidad, quien persigue el éxito y la admiración ajena, quien se refugia en el móvil o los videojuegos para no tener que pensar.
Puedo apuntarme al gimnasio, leer el último libro de autoayuda, ponerme bótox, apostarlo todo a la actitud mental positiva, acumular citas en Tinder, y seguir sintiendo que algo no va bien. Es lo qué nos pasa cuando el objetivo de una vida es algo tan etéreo como «ser feliz».
Cuando no ser feliz parece un fracaso
P. Bruckner, en “La euforia perpetua”, describe el “¡Hay que ser felices!” como un mandato sin salida: la sociedad occidental ha decidido que hay que ser felices, cueste lo que cueste.
«Por deber de ser feliz entiendo esta ideología, propia de la segunda mitad del siglo XX, que lleva a evaluarlo todo desde el placer y el desagrado, y que sume en la vergüenza o el malestar a quien no se suscribe a ella.»
Barbara Ehrenreich, tras pasar por un cáncer de mama, descubrió que se esperaba de ella algo más que curarse: había que hacerlo sonriendo. Tituló el libro, sin ironía, “Sonríe o muere”.
El modelo imposible de la persona autorrealizada
Y como si fuera poco, en las últimas décadas se ha propuesto un modelo a seguir para conseguirlo: ser atractivo, joven, exitoso, resolutivo, autosuficiente, sano, disfrutón, ingenioso, solvente, tonificado, bronceado, rápido en las respuestas, multiorgásmico, entusiasta y, sobre todo (esto es importante), Autorrealizado.
La ambición, la conquista de poder y de dinero, la autonomía personal, el placer o la belleza son metas que no tienen nada de malo en sí mismas.
El problema empieza cuando estas metas sustituyen a la vida real, cuando le damos la espalda a la muerte, la vejez, la enfermedad, el fracaso, o la derrota. Es decir, cuando pretendemos convertir la vida en algo que no es.
La necesidad de conseguirlo todo inmediatamente
J.A. Marina, en “El laberinto sentimental”, señala que nuestra sociedad se basa en la incitación continua al deseo. Queremos algo, y lo queremos ya. ¿Aprender inglés? Mejor en 30 días que en 31. ¿Superar la muerte de un ser querido? Un par de meses debería bastar para «dejar de dar la chapa». ¿Adelgazar? Tiene que haber un método rápido. Y con estas expectativas dejamos de respetar el ritmo de las cosas.
¿Qué ocurre cuando intentamos perseguir la felicidad?
Poner «ser feliz» como objetivo primordial, por delante del amor, el compromiso o la cultura, banaliza la vida.
En el momento en que me lo propongo…
“venga va, voy a ser feliz”…
surgirá la cuestión de:
“¿y cómo lo hago?”, y si ya lo soy… “¿soy lo suficiente?”… “¿es esto?”… “¿durará?”
El dolor también forma parte de la vida
Al ser humano no nos gusta nada lo inevitable ni lo incontrolable. Pero ahí están. No queremos sufrir (lógico), pero de ahí a creer que se puede erradicar el dolor hay un salto enorme. Ante el miedo a sufrir, podemos elegir vivir adormecidos.
El problema es que, al anestesiar el dolor, anestesiamos también el alma, y con ella la capacidad de aprender, de convertirnos en alguien capaz de dar un sentido constructivo a la experiencia.
No somos objetos que haya que reparar
Por ello, cuando la vida duele, tenemos la opción de acudir a un profesional de la salud mental esperando la combinación química definitiva o la última técnica “psico-trónica” para eliminar el sufrimiento, la angustia o la culpa. «Tengo que cambiar el chip», solemos decir. Pero qué chip ni qué chip.
No tenemos chips. No somos objetos que haya que arreglar o reprogramar.
Lo que sí hay es reflexión, procesos, caminos por explorar, búsqueda de sentido a lo que hacemos, sentimos y fantaseamos.
Y con todo eso, evolución y capacidad de hacernos responsables de la propia vida con sus posibilidades y sus limitaciones.
Integrar la luz y la sombra
Solo nos vamos completando si nos mantenemos en el proceso de integrar virtud y vicio, vitalidad y desánimo, fantasía y realidad, pérdidas y encuentros, luz y sombra, aciertos y errores.
El valor está en afrontar el encuentro con uno mismo, con el otro, y con la vida misma y encontrar dignidad al fracaso, el dolor y la pérdida.
La felicidad como consecuencia, no como obligación
Viktor Frankl lo dijo mejor que nadie:
«El éxito, como la felicidad, no puede perseguirse; tiene que sobrevenir, y solo lo hace como efecto secundario de la dedicación personal a algo mayor que uno mismo.»
Quizá, sin buscarla directamente, como consecuencia inesperada de vivir el proceso, la felicidad sea una experiencia que te visite de vez en cuando.
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