trauma infantil, el pajarito blanco

 

Ah no, solo eres tú…

 

El pajarito blanco es una novela escrita por James Matthew Barrie, el famoso escritor escocés que creó el personaje de Peter Pan.

Saber lo que es el trauma

Barrie sabe lo que es el trauma. Su infancia se rompió muy pronto, y sus padres no le vieron, no le escucharon, no le consolaron. Su hermano mayor murió con trece años, cuando él solo tenía seis. En ese instante, James lo perdió todo.

“Todo es una suposición hasta los seis años de vida”  – escribiría más tarde.

Su madre enloqueció al perder a su hijo favorito… y James anhelaba su mirada, su cariño, al menos su reconocimiento; incluso se vestía con la ropa de su hermano muerto para poder llamar su atención al menos un momento, un precioso segundo.

Ella alzaba la cabeza de la almohada y preguntaba:

—¿David? 

Y en ese rato de confusión James podía ganarse un abrazo, que era puro gozo. Pero enseguida llegaban el infierno de la realidad y el rechazo:

—Ah no, solo eres tú…

James se refugiaba en los libros y en las historias que construía. Sufría tal soledad y abandono que incluso dejó de crecer… llegó a medir poco más de metro cincuenta y fue diagnosticado de enanismo psicógeno. No sorprende, ¿verdad? Su madre repetía que David sería un niño eternamente.

No crecer significaba parecerse a su hermano, y por tanto poder ser visto por su madre. No estar vinculado con ella significaba, para él, la muerte.

No es una exageración. Cuando hablamos de trauma físico, lo tenemos muy claro:

Una herida en la piel es una lesión, es un peligro. Se puede infectar, puede provocar sepsis, puede necrosarse. Puedes desangrarte. Sin atención médica, una herida puede llevarte a la muerte.

Ahora: ¿el trauma psíquico funciona diferente?

En esencia, no. Cuando hablamos de negligencia parental, de carencias en el apego, de falta de sintonía emocional, de experiencias en la infancia que son tan comunes y tanta huella dejan… ¿acaso no se ven signos de peligro, como inflamaciones e infecciones? Quizá en James apareció un enanismo por pura desesperación, o simplemente se convirtió en una manera de poder conectar con su madre al menos un par de segundos al día.

El gran peligro es la desvinculación.

Cuando un niño como Barrie vive lo que vive, sus emociones, de alguna manera, le avisan de que algo está pasando que no tienen ningún sentido: “Papá y Mamá parece que no están haciendo las cosas bien, no son tan de fiar… no me dan lo que necesito, no me cuidan, ¿no me quieren lo suficiente?” Pero eso es imposible, ¿no? Son Papá y Mamá…

Si el niño fuese capaz de legitimar esos mensajes y darlos por válidos, experimentaría tal sensación de peligro que sería como una sepsis – le llevaría a la muerte. Sus padres son su mundo, es impensable arriesgar la relación con ellos. James necesitaba vincularse con su madre para sobrevivir. El mensaje final es el riesgo de la aniquilación: una desvinculación me mata.

Y así estamos, así vivimos. Llenos de síntomas, de emociones contradictorias cuando se ha vivido en un contexto carenciado, negligente, incluso peligroso. Con infecciones. Por eso necesitamos los lugares seguros, los círculos de soporte. Y la psicoterapia se puede (y debe) convertir en uno de esos lugares seguros. Porque el trauma debe ser visto, debemos hablar de ello, debemos volver a cuando éramos niños y no podíamos manejar la inmensa gravedad de nuestra infancia.

Ahora, como adultos, tenemos más herramientas. James sanó a través de las historias; al contarle a otro lo que nos ocurre, narrándolo a nuestra manera y teniendo a ese otro como espejo, vamos encontrando y confiriendo sentido a lo que vemos, experimentamos y somos.

No hay identidad sin historia. Conectando con figuras de cuidado, las heridas del trauma se pueden ir sanando. Es un proceso difícil, como todo lo bueno en la vida: cuesta mucho, y te salva la existencia.

 

¡Comparte!

Relacionados