
La parábola del asno indeciso
Aristóteles contaba una historia sobre un asno.
Parado frente a una bifurcación, nuestro protagonista tiene, a un lado, abundante comida, y al otro, un abrevadero lleno de agua. Toda una encrucijada.
Pero no se mueve. Piensa, piensa y vuelve a pensar, y no decide. ¿Su destino? Morirse de inanición.
¿Te resulta familiar?
Quizá suene exagerado, o quizá te resulte familiar. ¿Cómo afrontas la toma de decisiones? ¿Has pagado alguna vez la factura de la parálisis?
Blaise Pascal escribió que “toda la desgracia de los hombres proviene de no saber permanecer tranquilos en una habitación”: echémosle un vistazo al malestar que sentimos cuando sobre-pensamos.
La ilusión del control
La fachada es de papel, se puede intuir lo que hay detrás; la necesidad de resolver, de tomar la decisión correcta, esconde un ansia de control y un rechazo a la casi permanente situación de incertidumbre en la que vivimos.
Esta es una típica defensa obsesiva: aparentamos ser perfeccionistas, querer darle mil vueltas a todo precisamente para hacerlo lo mejor posible, cuando en realidad lo que nos corroe es la duda interna; nos creemos un fraude, nos da pánico el juicio de los otros, o que la consecuencia sea el desastre.
Perfeccionismo o miedo
Lo disfrazamos de un… “extremo cuidado por los detalles”, pero todo es un ritual para esconder ese miedo, esa inseguridad que nos acosa. En la búsqueda de toda clave necesaria para tomar la decisión perfecta, no tomamos ninguna.
Desconfiamos. De todos y de nosotros mismos. La gente podría darse cuenta de que en realidad no sabemos muy bien lo que estamos haciendo, y nos hemos convencido de que somos unos incompetentes. Shhhh: es un secreto.
El peso de la autoexigencia
Para mantener el castillo de naipes, lo sobre-pensamos todo. Lo analizamos. Lo vamos girando y girando para poder mirarlo desde todos los ángulos. Debe salir perfecto, o nos descubrirán. Peor aún, nos descubriremos a nosotros mismos, demostraremos que somos un fraude ante el peor y más estricto juez: nuestro fuero interno.
La vida no es perfecta (ni debería serlo)
Pero queridos: la vida es incierta. Nada sale perfecto porque la perfección, como concepto objetivo, no existe. Si buscas la respuesta perfecta es que en realidad no quieres una respuesta. No quieres resolver; quieres mantener viva la ilusión de que haces bien las cosas, de que eres capaz, de que confías en ti mismo, de que eres un adulto.
Equivócate más
Si confesaras que te equivocas, te librarías de una inmensa carga. ¿Mi consejo? Equivócate más. Más rápido, más veces. Equivocarse da gusto; cógeselo.
La vida está hecha para que ser vivida. Actúas, reflexionas, meditas sobre lo que has aprendido. La sigues viviendo.
Sobrepensar es vivir en el pasado
Recuerda: un futuro que conoces con todo detalle (por haberlo, supuestamente, pensado hasta el infinito) se convierte en pasado: ya lo has vivido. Y ya no tiene gracia.
¡Comparte!
Una respuesta demasiado simple Una mujer mayor, sentada en un sillón frente a una cortina roja y negra.
La incomodidad de existir “La vida es fregar platos y verse envejecer.” — Iris Murdoch, El Príncipe Negro
Una señal perdida en el océano En 1989, los hidrófonos de la Marina de Estados Unidos detectaron un
Will Hunting y la perfección imaginada Will Hunting acaba de conocer a una chica en un bar. Es







