La incomodidad de existir

“La vida es fregar platos y verse envejecer.”
— Iris Murdoch, El Príncipe Negro

Si nuestra existencia se resumiera en pasar el polvo y el tiempo, ¿Cuál sería la manera más pragmática de sobrellevarlo? ¿Cómo nos lo tomamos? Si veo que me aburro y me duele el brazo de tanto fregar, si me noto cansado, ¿significa que estoy viviendo mal?

La vida, en su perfecta aleatoriedad, es a la vez una bendición y un castigo; las dificultades tienen la misma posibilidad de aparecer que los golpes de suerte, y nadie puede hacer nada para evitarlo. Y, sin embargo, lo intentamos a diario: vivir supone estar expuesto a la herida, y aun así seguimos buscando la manera de no sangrar.

Sentir es parte del diseño

Estar vivo, por suerte o por desgracia, conlleva un dolor inherente, una gota de angustia vital que nos recuerda que hay algo que importa. Tenemos miedo a morir, a ser libres, a no serlo, a estar solos, a saber, a no saber nada. Pero a medida que nuestra civilización avanza y el progreso nos va trayendo soluciones, nos resulta cada vez más incómodo aceptar que las cosas pueden torcerse.

Y así hemos llegado al punto en que nos resulta incómodo estar incómodos. Dolernos, frustrarnos o simplemente no estar bien; no queremos ni oír hablar de ello. “Habiendo tanta materia prima, tanta posibilidad, tanto técnica, ¿por qué iba yo a sentirme triste? Soy el epítome de la evolución; merezco una serenidad infinita”.

Pero mi condición humana no me deja: las respuestas emocionales siempre han sido imprescindibles para nuestra supervivencia, y el miedo, la rabia o la ira forman parte de nuestro ADN, son tan antiguos como la piel. No son fallos del diseño; son el diseño.

El dolor tiene sentido

Necesitas sentirte triste cuando pierdes algo valioso, o indignado cuando alguien te lo quita. Es la manera que tiene tu cerebro de orientarse en la realidad, de metabolizar la experiencia, de procesarla, de adaptarse a ella. Si nos convencemos de que eso es antinatural, de que sentir es un desajuste que debería extirparse, nos encontramos con lo siguiente:

El 24,4% de las personas que acuden derivadas a psiquiatría desde atención primaria no presentan un trastorno mental diagnosticable. El 42% de esos pacientes ya tienen recetados antidepresivos.

Algo no encaja.

Una cultura sin término medio

Vivimos en una cultura que ha perdido el término medio, y no deja espectro por donde movernos: o estás maravillosamente feliz, o lo que tienes es patológico. Existe un rechazo sociocultural a lo desagradable, a lo incierto y a lo confuso; todo debe ser placentero, estar claro, ser sencillo y bello, y el hecho de que no lo sea nos supone un problema.

No hay espacio para la tristeza normal, la duda honesta, el vacío existencial o la desilusión cotidiana. Y si aparecen, hay que “tratarlo”.

Convertir la emoción en enfermedad

Si se etiqueta cualquier dolor o incomodidad como patológica, el sistema sigue adelante; el propio hecho de diagnosticar ya nos calma, al haber conseguido definir a esa persona y por tanto haberla metido en una caja, en una lista. A partir de ahí, el tratamiento se pauta solo, y no tenemos que preocuparnos.

Se prescribe el tratamiento y a esperar que haga su efecto. Y por supuesto con la esperanza de que sea un tratamiento rápido, indoloro, permanente y barato.

Y así, sin darnos cuenta, producimos enfermos donde había seres humanos en duelo, cansados, enfadados, o simplemente vivos.

No todo es un trastorno

Si todo es una patología o un trastorno, todos acabaremos sintiéndonos inadecuados, enfermos, rotos o defectuosos. Y lo cierto es que no existe una felicidad rápida en cinco sencillos pasos, no hay video en Youtube que te hipnotice ni ansiolítico que te haga dejar de pensar, de sentir, de añorar.

El dolor ayuda a examinar y a procesar, la tristeza por una pérdida no es más que el amor que quedó sin expresar, el miedo es el reflejo del deseo de seguir existiendo, y la angustia es el eco de nuestra consciencia.

Aprender a sostener el malestar

A veces no queda más remedio que pasarlo mal; eso no significa que estés deprimido, que tengas un desbalance químico en el cerebro o que haya que anestesiarte lo antes posible. Como dice el adagio persa: esto también pasará.

Y mientras tanto, el dolor tiene su trabajo que hacer, y no hay otro modo de crecer que atravesarlo cuando aparece.

La serenidad en lo cotidiano

Quizá el desafío no sea eliminar el malestar, sino aprender a sostenerlo sin dramatismo. Encontrar la serenidad para aceptar las cosas que no puedes cambiar, el valor para cambiar las cosas que sí puedes y la sabiduría (si hay suerte) para aprender la diferencia.

La vida es fregar platos y verse envejecer, sí. Y no pasa nada: se puede disfrutar igual.

¡Comparte!

Relacionados