La importancia de una madre

“Veo una pradera verde, y en ella, un ataúd blanco. Temo que mi madre esté encerrada en él,

pero abro la tapa y, por suerte, no es mi madre, sino yo mismo. Qué alivio.”

 

Henry Moore, escultor británico conocido por sus obras abstractas de bronce y mármol, escribió en sus memorias que, de niño, su madre le dejaba darle masajes en la espalda con aceite antirreumático. Qué momento era, para él. El más importante. Sus esculturas representan mujeres a menudo sentadas, reclinadas, o familias enteras abrazándose. Las figuras son grandes, las cabezas pequeñas: ajustadas a la perspectiva de un niño, de un Henry complaciente, ilusionado por siquiera poder estar ahí, cerca de su madre, haciendo lo que fuera por ella.
Sucede una cosa extraña con ciertos pacientes durante su primera consulta; describen su infancia como feliz y protegida, y a sus figuras de apego como comprensivas y compasivas. Han tenido muchas oportunidades, han sido objeto de alabanzas, cumplidos y atención, todo se les ha dado bien. Son el orgullo de sus padres; aprendieron a no mojar la cama antes que nadie, empezaron a hablar y a leer sin apenas dificultades, cuidan de sus hermanos pequeños con paciencia y abnegación. Estas personas deberían tener, por tanto, una autoconciencia sólida y estable. ¿Por qué resulta ser, en muchos casos, lo contrario?

La búsqueda del amor y la aceptación

Tanto éxito cosechado, tantas cualidades, tanta alabanza; ¿por qué entonces acecha la depresión en cada esquina? Una sensación de vacío y de auto-extrañamiento se cierne sobre el niño bueno; la sensación de estar viviendo, una existencia absurda, envenenada por la vergüenza y la culpa. En cuanto se esfuma la droga de la grandiosidad, en cuanto se deja de estar por encima, el vacío abre sus fauces y el niño bueno tiembla. Para entender el miedo, uno debe hacerse siempre la misma pregunta: ¿cómo me aseguro el amor?

¿Cómo consigo que mamá y papá me quieran? ¿Cómo me aseguro de que se mantiene esa mirada positiva?
Mi necesidad última es ser visto, considerado y tomado en serio; mis emociones son legítimas, y yo necesito que alguien las escuche y me ayude a traducirlas. ¿Qué es esto que siento, por qué me pasa? Si me siento seguro y validado, podré salir poco a poco de la simbiosis con mis padres y construirme como persona independiente. ¿Qué pasa si mi madre no tuvo nunca esa opción? ¿Si creció sintiéndose abandonada, si aprendió desde muy pronto que sus necesidades no eran válidas siquiera para ser escuchadas? Los traumas complejos se transmiten generacionalmente, igual que los riesgos de cáncer. Mis padres necesitarán de mí lo que ellos en su momento no pudieron obtener; yo me convertiré, por tanto, en el salvavidas de esa compulsión, de ese deseo inconsciente.

¿Quién estaría más dispuesto a cubrir una necesidad que un hijo? Mis padres lo son todo para mí; haré lo que sea necesario para ganarme su amor, sin dudarlo. ¿Qué necesitáis? No lo digáis dos veces, aquí estoy. Demostraré desde bien pequeño una capacidad asombrosa de adaptación, o mejor, de sobre-adaptación, de captación de emociones y deseos, un talento innato para la sensibilidad. Seré un experto detective, podré olisquear las señales; tú necesitas ayuda, tú necesitas apoyo. Cuidaré de mis hermanos, seré como su madre, como su padre. Cuidaré de todo el que me mire, me escuche, me halague, deposite algún tipo de expectativa en mí.

La estrategia de complacer

Deberé cumplirlas todas, porque es de ahí de donde justifico mi propia existencia. Complacer facilita la convivencia, es una estrategia que nunca me ha fallado; ¿qué más da si es por miedo a no ser querido? Ahora mismo, parece que todos me quieren.
Los mandamientos continúan: huiré del conflicto, seré siempre manso y altruista. Me costará mi propia individualidad, pero mamá y papá estarán contentos. Mis amigos y mi pareja, igual. ¿Qué importa mi sufrimiento? Palidece en comparación con el de los demás. Los demás necesitan, a los demás les duele algo. ¿Quién soy yo para dolerme también? Si me priorizo a mí, dejo a los demás de lado. Soy culpable, qué vergüenza. ¿Qué derecho tengo a buscarme a mí mismo y a cubrir lo que yo necesito?

Aunque… hablando de buscarme a mí mismo… ¿Quién soy yo, en realidad? ¿Qué necesito?
No lo sé, pero no importa ahora: mamá, necesita un masaje, y me deja que le eche crema antirreumática en la espalda. Me necesita, y eso me hace importante.
Me necesita, y mientras lo haga, yo seré indispensable, y me querrá.
Me querrá mucho.

“Veo a mis hermanitos pequeños en un puente. Arrojan una caja al río, y yo estoy ahí dentro, muerto. Pero mis hermanos vitorean y saltan y sonríen.

Me olvido de la caja, ¿Qué había en la caja?”

 

Los extractos escritos en cursiva son parte de los sueños de varios pacientes reales de Alice Miller, doctora en filosofía y psicoanalista. Publicó el libro del “Drama del niño dotado” en 1979, y hoy en día se siguen viendo casos así en consulta todos los días.
El primer paso es ser consciente. La función reflexiva, la conciencia emocional. Esto nos permite empezar a re-narrar nuestra propia historia, para dar un paso adelante.
Una manera de hacerlo, de hacerlo bien, es de la mano de un buen terapeuta.

 

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